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domingo, 19 de mayo de 2013

Tito cordeles


La primera vez que lo vi tiraba de una caja de cartón a la que le había amarrado una cuerda interminable, cuyo extremo había hecho una hendidura en diagonal en su mano izquierda.
Su cara era inconfundible y coleccionaba ya unas cuantas cicatrices. Las había con formas de eses junto a la ceja o con diminutas aspas debajo de la nariz, lo cual le confería un aire de futuro canalla nada despreciable para moverse entre los tipos más sucios del barrio y así un puñado de heridas más con su historia correspondiente. Por ejemplo, de todas ellas, él solo recordaba esa primera paleta partida.
Apenas sabía hablar cuando su madre, que parecía muy enfadada, concentró todas sus miserias en su pierna derecha que mediría unos ochenta centímetros más o menos, y que a él le pareció la mismísima pierna de Gulliver cuando la estampó en su cabeza sin saber por qué.
En sus pocos años de peripecias nunca elegidas aprendió que ese aire de matón le sería imprescindible para sobrevivir y que cualquier mirada inquietante acompañada de una piedra en la mano podría hacer estremecer al más fuerte de ese barrio de casas de latón, donde el frío apremiaba en duras noches de invierno.
Aquella tarde Tito corría con su caja en zigzag por las calles del pueblo como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Eran malos tiempos para el hambre y en la antesala de una guerra, todos apilaban sus enseres en despensas desvencijadas que convertían en auténticos bunker blindados. Alguien, a hurtadillas, arrojó desde una ventana un mendrugo de pan cuyos bordes formaban una especie de vainica azulona de moho. Aún quedaba un alma piadosa que prefería cambiar la zahúrda de los puercos por la boca ávida de Tito tras las rejas.
¡Al menos tendrá algo que llevarse a la boca esta noche! Pareció pensar para sus adentros la dueña de esa mano furtiva.
Tito cogió con premura su regalo y se sentó a comerlo con ansia, sin atar como otras veces, su cuerda a la anilla metálica que colgaba de la fachada donde solían aparcar los mulos de carga tras un día duro de labranza. Andaba concentrado en juntar las últimas migas de la acera, cuando alguien tiró con fuerza del cordel y la caja voló por los aires.
Era Miguel, el hijo del herrero, quien desde una esquina observaba maliciosamente la escena y emitía carcajadas estrepitosas en medio de las calles de aquel diminuto pueblo de apenas dos mil habitantes.
Con una furia que pareciese acumulada durante siglos, Tito se levantó y torpemente intentó seguir la dirección de su cuerda, no sin antes caer de bruces sobre los adoquines y reventar sus labios hasta dejar un reguero de sangre calle abajo.
—¡Nazi, nazi de miegda!
Era su última adquisición en el reducido vocabulario de Tito. Probablemente había secuestrado la palabra en cualquiera de los noticieros radiofónicos que no dejaban de emitir esos días.
Miguel no cesaba en sus risas alborotadas y acabó arrojando la cuerda huyendo por las callejuelas que hacían perder su pista de forma audaz.
Recordé que todo lo que sabía de Tito o gran parte de su historia fue gracias a la memoria de mi abuelo que los domingos por la tarde, tenía a buen hacer, juntar a todos sus nietos alrededor de la chimenea. Allí, boquiabiertos atendíamos a las peripecias que con maestría entrañable y buen humor nos relataba sobre los personajes del lugar.
Desde el principio he de admitir que yo sentí cierta predilección por Tito.
Más de una vez le vi trepar los árboles a la velocidad del rayo o su silueta desdibujada al atardecer en lo alto de la colina, junto a la ermita, arrojando piedras a los tejados de hojalata.
Muchos años después me topé con él una noche de alcohol y partidas de póker, entre la escarcha del sendero que unía su casa con la mía. Para entonces, Tito ya hacía tiempo que había dejado en el camino y el olvido aquél aire amenazante que le hubiera servido para vivir mejor.
Me retiraba con unas copas demás y no sabía dilucidar si lo que había ante mi era real o producto de la concentración etílica que llevaba soportando durante horas.
El cuerpo del muchacho que doblaba mi edad se encontraba encogido en posición fetal al lado del esqueleto de un gato junto a la acequia. Sus pies estaban descalzos y todo él me pareció un lamento emitiendo un tenue quejido de dolor indescifrable. Acerqué mi mano a su nariz, a pesar de mi dudoso equilibrio, para comprobar que aún respiraba. Coloqué su brazo en mi hombro, hasta arrastrarlo al primer cobertizo más cercano.
Abrió sus ojos tímidamente y guarecido del frío bajo mi chaqueta de lana, Tito esbozó una mueca vaga y de agradecimiento parecida a una sonrisa. No era la única vez que el muchacho compartía noches enteras con animales vivos o muertos, ni para mi, que a partir de entonces, me convertí en su fiel y protector amigo mientras disfrutaba de mis estancias vacacionales.
Fue justo uno de esos días de aquel verano que tocaba a su fin cuando echaba unas copas con mis amigos en el bar del pueblo. Había allí una pequeña radio y sonaba una canción popular que tarareábamos machaconamente en la universidad. De pronto se interrumpió la canción y una voz anunció casi de forma gloriosa que la 2ª guerra mundial acababa de estallar.
Un silencioso rumor negro se extendió por instantes en el bar. De inmediato, todos los que estaban allí salieron en estampida. Tal vez porque más de uno de los presentes esperaba ese momento para alistarse sin demora y demostrar su amor patrio.
En medio de ese trasiego y algarabía la puerta del bar se abrió de forma brusca y como de la nada, apareció la figura de Tito tirando de su caja de cartón y vociferando a los cuatro vientos:
—¡Nazis, nazis, nazis de miegda!
Poniendo especial énfasis en la erre gutural de la última palabra que guardaba todo la impotencia  del mundo.
En su cara brillaba el espanto y de algún rincón de sus harapos sucios manaba la sangre a borbotones.
Cayó sobre mi mesa con un golpe seco y buscó mis ojos con clemencia casi sin saberlo.
Y entonces pedí otra ronda para celebrar que al fin la guerra de Tito había terminado.



                                                Imagen tomada de Deviantart.com




sábado, 27 de abril de 2013

La frágil soledad de las palabras

De repente, todo lo ocupa la frágil soledad de las palabras y se instala en la tarde que gime esa dignidad del invierno que nos doblega, nos hace esquivos y sabedores de imposibles.

A veces, olvido el corazón en las plazas y alquilo bulevares a precio de mendigo, como quien desbarata el impecable orden de las cosas y regala versos heridos en cualquier banco de piedra.

¿Cuánto quedará de mi en estas calles? ¿Cuánto amor o desazón flotarán en las horas quietas que vendrán lentamente? ¿Cuánto le queda a este aire que suma y resta conjuros de meigas a la hora del té?
¿Cuántas miradas seguirán su camino apenas recordando la mía bajo el sol o los escombros?

¡Cuántos nombres y silencios! !Cuántas lunas y salas de bata blanca! ¡Cuánto albero ya untado en mi piel y en la de todos los que amo!

Pero sobre todo ¿cuál fue el momento exacto en que el tiempo se fue y mi corazón encriptado dio paso a una elegía incomprensible entre el mundo y yo?

                                                 Imagen tomada de Deviantart.com

sábado, 6 de abril de 2013

Horas de luz y amapolas

En sus brazos arribó toda la ternura y junto a ellos,
nada hacía presagiar la soledad que guardaría la carne
de tanto mar y tanta mirada erguida.

A tientas iba al encuentro
de sus domingos de Pasión y rosas rojas
y ante ellos se reclinaba mi culpa y las hojas rotas de tanta espera.

Agitaba el pañuelo con gesto contrariado
y en el aire aparecían círculos concéntricos
que bailaban al son de su sonrisa blanca.

Fue la hora de la luz y las estrellas,
la luz que derramaba olas en mi cuerpo
y entre los helechos inventaba para mi victorias.

Era el tiempo de arrojar puñados de sal al fuego
de otras noches eternas y oír crepitar las dudas
que nunca fueron historia.

Fue el momento en que se amaba a corazón descubierto,
sin armaduras ni trincheras, la hora que todo lo pudo
y vino a salvarnos del silencio rojo de las amapolas.

Fue en sus brazos el lugar exacto
donde derroté el azul frio de los espejos
y escuché una melodía de arrabal que vive en mi para siempre.


                                      Imagen tomada de Deviantart



sábado, 16 de marzo de 2013

Marzo

Probablemente nada de lo que dice es verdad. ¡Quién sabe!
Es difícil explicarse a si mismo razones que ya no digiere con el paso de los años.
No, no le gusta observarse en el mundo y admitir todo lo que falta o sobra en su cabeza llena de telarañas. Casi siempre fue así, su palabra y la de los otros. Si dice azul probablemente desee negro. 
¿O es al revés? Si sonríe ampliamente, el mundo de afuera ve tristeza de Gioconda en sus ojos. 
Si está a punto de estallar en llanto, una furia de palabras se desata en las lenguas de los otros para devolverle con cinismo lo que no saben traducir en su rostro contradictorio y pueril.
Y cada emoción expresada se convierte en una letanía con olor a piel herida.
No. No encuentra la palabra exacta, el gesto adecuado o la mueca precisa.
Ahora quiere Norte y alguien llena sus mañanas de un Sur estridente y confiado con un ramo de violetas en los labios.
No es eso lo que quiere. ¿O tal vez sí? Puede que haya llegado el momento de desterrar fechas inequívocas y coger a alguien de la mano para visitar los flamencos allá en las salinas, reencontrarse con el único mar que lo reconoce y descansar.


                                             Foto tomada de Google. Almadrabas de Monteleva

sábado, 23 de febrero de 2013

Agujeros




Comenzó siendo una delicada línea oblícua, apenas perceptible en el centro de la cama que se dilataba con el calor y contra todo pronóstico también con los duros fríos del invierno.
Los besos, las caricias, empezaron a llegar a ritmo de cronómetro, en formato power point, de manera que no se quedaban a dormir en la piel más de un minuto seguido.
Luego llegaron la sequía y las grietas, una hambruna que asolaba la quietud del sueño, el dolor viscoso y el desconcierto que se colaba entre sus uñas como diapasones enloquecidos, las cuencas de los ojos clavadas cada noche en el techo.
                Una mañana, antes de volver a hacer el equipaje, se sorprendió aterrorizado cuando giró su cuerpo frágil en busca del abrazo que de antemano sabía nunca llegaba a esas horas. Observó que aquella rendija que había ignorado durante meses, se había convertido en un gran agujero negro con latidos roncos e inaudibles.
Recordó que tiempo atrás, aquél hueco empezó oliendo a vainilla y se colaron lentamente las mañanas de domingo y olor a café que no aprovechaba como deseaba, los verbos que aprendió a conjugar en presente de mirada inquietante y unas mariposas que no conseguía retener cuando más las necesitaba.
                Ahora, a punto de partir, solo quería hacer desaparecer ese oscuro pozo que todo lo engullía de forma voraz.
Sintió un escalofrío al comprobar que el abismo del que no podía huir no era sino su cuerpo yacente en mitad de una nada blanca de uno cincuenta. Entonces musitó en voz baja:”No quiero morir aún. No estoy preparado”.


domingo, 13 de enero de 2013

Tanto...

Ningún lugar merece la tristeza.
Dentro de sí regresan los mismos nudos, la misma textura áspera de siglos atrás, aquellos que se incrustaron en la piel en tardes blancas de siesta irremediable.
Siento la lluvia de nuevo mojar de olvido las aceras, un par de manos entrelazadas bajo un paraguas transparente, de esos que dejan translucir los sueños. Mirándolos se me aparecen como si desde arriba, una mano nada inocente tirara de ellos dejando desnuda y sin alma a quien ha salido a explorar lo inexplorable.
A veces está bien rendirse,dejarse caer en los charcos dejando que el agua desenrede ese amasijo que durante siglos se fue tejiendo con astucia, formando un caparazón del que es difícil escapar.Demasiadas cosas aprendidas en los libros mientras nadie habla de la austeridad de un abrazo en forma de serpiente.
Nada me es ajeno en estas bocanadas de memoria que arrasan con todo.
Y enmedio de tanta lluvia, tanto olvido, tanta piel tatuada a golpe de tomillo y mar, en el centro, una voz que arrulla todas las mañanas del mundo, la que convierte la vida a veces en un soliloquio lleno de sombras por descifrar.



sábado, 29 de diciembre de 2012

Vivir


"Sólo es capaz de realizar los sueños el que, cuando llega la hora, sabe estar despierto " León Daudí



He pasado de la risa al llanto a una velocidad pasmosa, me he asombrado y decepcionado, divertido y entristecido…He asistido a la muerte propia de lo que ya no me servía, he retado al miedo y me he deshecho de viejos patrones que entorpecían mi camino, me he acercado a lo que en otros momentos hubiera sido impensable; he realizado sueños que antes ni me hubiera atrevido a imaginar, he celebrado a través de la caricia la vida que pendía de un hilo de personas muy queridas y he llorado la impotencia o la desidia mil veces; he cogido de la mano la amargura o soledad de quienes configuran mi universo y se sientan constantemente en los precipicios, elegidos o no. 
Colgué la desgana y dibujé objetivos, revisé deseos guardados celosamente en papeles antiguos con fechas borrosas para tachar los que tomaron forma y dar paso a otros nuevos. En definitiva no he hecho nada especial más que Vivir, como todos.
Observé lo que duele poner los pies en el suelo sin renunciar a mirar al cielo para elegir los planetas en los que merece la pena quedarse. Pero sobre todo, si tuviera que elegir dos palabras serían esfuerzo y fe con mis propios desahucios y los ajenos, con las palabras y los hechos. No concibo la vida sin ellas, tal vez porque si uno mira alrededor la desazón que provoca la realidad es tan brutal que a veces es muy fácil abandonarse a todo y dejar de creer. 
Pero también es cierto que en esa realidad hay mucho de bueno, de corazones sin anclas de los que se aprende constantemente, personas que por una razón u otra aparecen en nuestras vidas, ponen una luz diferente a nuestros días y nuestras noches. Creer en uno mismo es el comienzo de algo grande.Poco está afuera, lo he dicho por aquí y por allí tantas veces como una letanía y a veces lo olvido pero algo hace que regrese de nuevo a esa certeza.
Yo durante este año al fin me he encontrado,a través de mucho bueno y también de dificultades que  por momentos creí insalvables. Nada ni nadie nos salva o condena. En uno mismo está la llave que ofrecemos o tiramos al mar sin saberlo.
Ojalá encontremos la fuerza y el entusiasmo para continuar caminando por nuestros senderos, unas veces serpenteantes y tortuosos  y otras, laderas suaves en las que descansar el alma y gritar GRACIAS. Ojalá nuestras puertas estén abiertas al AMOR y la TERNURA que siempre facilitan las cosas.


                                                 Fotografía tomada por erato en Vitoria 2012



domingo, 9 de diciembre de 2012

Importancias

No importa que se me agoten las palabras y sueñe sin ellas varias lunas seguidas.
No importa si los pasos hacia atrás no se extinguen, mientras exista el adelante
y siga sembrando semillas en los ojos donde seguro nacerán flores y universos.
Cabeza abajo contaré mis dedos. Uno por cada deseo incandescente.
Hasta diez veces diez para no desfallecer en cada intento.
Me importa bailar bajo las tormentas y mojarme, confiar y deshacer nudos,
huir de las sombras y disolver los granos de sal agolpados en la garganta con los años.
Eso es lo que me importa, seguir volando en días-jaula, comerme la vida a mordiscos y
ahuyentar a la lógica.
Quiero seguir escuchando el rumor de los diapasones en la vida de los que amo y a su vez me importan.

Fotografía tomada de Deviantart.com

domingo, 11 de noviembre de 2012

Preguntas a contraluz

Arden cometas en sus manos y un juego de luces atraviesa su costado.
Todo cambia al ritmo de las estrellas inquietas de noviembre y nada hace para impedirlo.
_ ¿Quién habló de la belleza de los nardos en el mar ? ¿Quién tiene la verdad para regalar a un puñado de escépticos como ella?
_ ¿Cómo se compra la nieve en sesenta metros cuadrados de sueños al rojo vivo?
_ ¿Cuántas veces se asomó a los acantilados para adivinar a lo lejos palabras que quedaron atrapadas en botellas de cristal?
Desde allí divisó apenas unos besos en color pastel decorando alcobas que siempre fueron paralelas y llegaron para converger en la duda, cuyo nombre fue luna o noche oscura con ojos de búho asustado.
Todo cambia al ritmo de las estrellas inquietas de noviembre y nada hace para impedirlo.
Revuelve los trastos viejos, los cajones y equipajes, sacude las almohadas donde sabe se esconden las caracolas que le hablaron un día y le enseñaron el camino con pañuelos en la frente.
Ella guarda todas las preguntas sin respuesta, todas las respuestas que sabe no tienen preguntas, todos los presagios absurdos e irracionales. Ella deja morir en las aceras con número veintisiete las horas bailadas de tango, los inciensos,los pasatiempos en la arena o aquella foto con su cuerpo desnudo a contraluz rodeado de geranios y buganvillas.
Sí, es cierto, todo cambia al ritmo de las estrellas inquietas de noviembre y nada hace para impedirlo.





miércoles, 24 de octubre de 2012

Cualquier tarde de lluvia

Llueve suave en estas calles de avenidas eternas que guardan el último aroma de azahar y jazmín.
Es una tarde especialmente dulce y triste como si de repente todos los ojos del mundo me hubiesen venido a visitar y llamaran a la puerta para interrogarme sobre lo más remoto de mi que no sé traducir en palabras.
La vida me da y yo le correspondo como sé y de la mejor manera que puedo.
Hoy toca olvidarse de casi todo y escuchar el susurro de la luz que se filtra lentamente por las rendijas, en las cosas que hablan por sí solas sin necesidad de gramáticas ni conjugaciones, con el lenguaje nada ambiguo de los hechos.
Estoy viva. Sí. Aquí y ahora. Respiro.Todo me empuja hacia adelante. Me acompañan los naranjos que languidecen y las aceras sin imprevistos de Sevilla, el lugar en el que estoy aprendiendo tanto de mi y del mundo y en la que puedo sentir el toma y daca de la vida de una forma ya inolvidable. "Todo está ahí afuera", me hubiese dicho hace un tiempo. Con el tiempo sé que "todo está aquí adentro", en sí mismo, en los laberínticos pasillos del alma, en los que nos perdemos o tenemos la dicha de encontrarnos con cosas que ni siquiera sabíamos que existían. ¡Benditos descubrimientos!
Y pienso en la correspondencia de lo que uno recibe y vierte en cada día.
La vida es muy sabia y aunque la reciprocidad no se rige como tantas cosas por la justicia, nos devuelve lo que le damos casi siempre. A veces, con creces, otras no no tanto. El trueque es muy fácil, yo te doy tú me das. Yo te beso, tú me traes el océano en tus manos. Yo no puedo, tú me empujas. Tú no quieres, yo te escucho. Dame lo mejor de vos y bailaremos juntos un poema.
Hoy no quiero números, tablas de excel, cuadrantes ni calculadoras de distancias kilométricas, nada de mapas que me sitúen lejos de este momento que sé, no se volverá a repetir. Recordaré estas tardes con dulzura, con la satisfacción que da la búsqueda incesante de uno mismo donde quiera que esté.
Quiero seguir llenándome de bueno para compartir pese a la hostilidad y el desánimo del mundo. No quiero rescates que no sean los propios. De los ajenos ya se encargan los poderosos. Y en todo caso, solo uno mismo puede salvarse. Todo es cuestión de voluntad o desidia.


jueves, 11 de octubre de 2012

La mordaza del silencio

Con los días aprendió a amasar otro tipo de palabras, a dejar en la orilla aquellas que ya no le servían por ajadas e insalubres. Pensó que había llegado el momento de enterrarlas y decirle adiós a tanto adjetivo inútil, a tanta paráfrasis que solo le alejaba de la realidad, de la vida misma en la que poco o nada le habían valido.
Por las grietas del olvido se colaron aquellas que un día deseó ver en su escritorio.
Recordó como aquella irrupción en público pretenciosa, cómplice y nada inocente le ofreció la pista que necesitaba.
Lo intuyó un mes de abril cuando se le llenaron los ojos de besos y flores.
Luego llegó la crudeza de un día de otoño que nunca fue suyo y las arrugas hasta entonces desconocidas para su piel. Por ellas se filtraban los pleitos y los sueños elípticos con fotos en blanco y negro que no volverían. Grietas en sus pies que anduvieron senderos entre señales de humo ambiguas.
Sí, definitivamente podía afirmar que se vivía mucho mejor así, con las palabras justas y necesarias, con el pensamiento escueto y la mirada al frente. Al fin y al cabo permanecerán las orillas de los ríos para recordarle sin necesidad de palabras, los rincones que guardan sorpresas o desdichas, sonrisas de erizo y portales con secretos no revelados.Y lo peor de todo tal vez, la ignorancia elegida o el zumbido incesante de la huida.


domingo, 30 de septiembre de 2012

Utopías


Hoy me sé en las voces de quienes deambulan insomnes entre verbos intransitivos; en quienes perduran en los sueños y la utopía y me invitan a la luz sin promesas ni barrigas infladas de orgullo.
Hoy me sé en quienes me completan a base de sonrisas y atenciones no mendigadas o en la penumbra del dolor compartido, aquél que se amarra a mis dedos y acaricia levemente la muerte sin saberlo.
Hoy me sé en la tregua de las almas que se permiten quemaduras por amor y las lenguas que muerden la locura de lo imposible.
No maltrataré más estos ojos de anquilosada tristeza ni perseguiré la exactitud de unos pasos que no vengan de frente a reclamar noches sin pulso o amaneceres sin apuestas.
Hoy me sé en el olor de las calles a nardos y membrillos; en los versos de un soneto de piel cosida y cicatrices con forma de estrella; en las noches que se viven sin tensar las cuerdas y las aceras con niños sin cara almidonada.
Hoy me sé en la arruga entrañable de quien no huye del tiempo ni desecha el miedo y sabe, sobre todo, que no se hace viejo, sino que es viejo y camina sin prisa y sin pausa hacia el fin irremediable y necesario que a todos nos aguarda.
Hoy solo me sé "en quienes cruzan el bosque y ven mucho más allá que la leña para el fuego", como me susurró un Tolstoi sabio que también se supo en las grietas de sus días inciertos.
Hoy no quiero más secretos de caracolas en mi pelo. Me basta con el olor a peje y salitre en mis entrañas; me basta con el recuerdo que se consume lentamente en una vela blanca mientras escucho un solo de otoño que a muchos nos conquista para nacer de nuevo.



domingo, 16 de septiembre de 2012

Mapas sin trincheras

Cae la tarde y la ilusión recién estrenada se quita el sombrero ante el descanso merecido en el sillón de los pensamientos dorados.
Hay frente a mi un cielo azul mar intenso y bajo mis pies unas plantas de colores nada casuales que me dan la bienvenida a esta casa.
En la calle, las últimas ráfagas de jazmín, cena a punto de comenzar para algunos y los gritos rezagados de los críos que juegan a la eternidad del momento.
Pienso de repente en aquellos otros comienzos que me vinieron a buscar, o los que me vieron partir; los que sin mi permiso trazaron rutas nunca alternativas a base de escuadra y cartabón.
Aquellos otros días que tuvieron que vivirse en mi para instalarse en el "yo sin trincheras" en la que me he convertido.
Una colección de naipes con una Marilyn explosiva al frente me observa desde lejos y me hace pensar en cómo serían los septiembres de esa rubia de mirada triste.
A la derecha títulos inconexos de libros que esperan ser leídos y una caja de madera que deja al descubierto palabras como "Tolstoi" ... "y la alegría"..."Ellas"..."sosegada"..."olvido".
Puedo respirar la ternura de cuatro manos que durante horas han regalado mimo a rincones oscuros o esparcido besos de klimt en las esquinas, ya convertidas en tragaluz para los días grises del desencanto.
Rendida, me estremece de nuevo la capacidad del ser humano para crear belleza o destruirla, para amar u odiar, para crear espacios de la nada o reducir a la nada espacios que deberían perdurar.
Cuando pierdo las palabras adecuadas y me delatan los pensamientos alborotados, creo que en el fondo solo somos eso, pensamiento y que el resto, lo de afuera, es tan efímero que en un momento puede evaporarse como polvo de estrellas.
Por eso, mientras me vence el sueño, yo juego como los críos de la calle a la eternidad de este momento.




lunes, 3 de septiembre de 2012

Miradas y eternidad

Nunca acertó a adivinar en qué momento exacto el corazón se le pobló de nombres y libélulas.
Fueron años sin pulso llenos de ojos que escrutaban sus gestos en espiral y ofrecían un néctar diferente para cada hora del día y de la noche.
Sin prudencia fue creando presagios entre sus pechos y el abismo de los mapas donde latían corazones que ya no deseaba visitar.
Sabía que aquel lugar, aquel nombre, le habían elegido por sorpresa y sin traición para aparcar sus continuas huidas y escuchar sin dilación la canción más triste que resumiera su vida en apenas unos acordes.
Por fin aceptó que estaba hecha del olor a pan recién hecho y tardes de lluvia incesante.
Era su corazón, uno de esos corazones de minorías, de aspecto irregular y sospechoso, en el que solo arriban otras miradas que son capaces de no despedirse nunca con un beso irrepetible en cualquier estación del mundo.
Ese mundo que cada vez le resultaba más deplorable y que junto a aquellos ojos inadaptados e inconformistas le resultaba menos hostil y hasta habitable. Tal vez el único espacio que quiere seguir habitando sin mesura y con arrojo para seguir sumando tantas tardes de otoño, como hojas amarillas invadirán parques y calles solitarias.





lunes, 20 de agosto de 2012

Tardes en sepia

Mientras el calor de estos días de agosto se resiste a marcharse recopilo cuadernos que empecé un día y que nunca vieron el final.
Entre mis viejos libros, que observan atónitos mis idas y venidas incesantes y que me esperan con paciencia infinita, me reencuentro con dedicatorias y anotaciones. Alguna foto que cae de forma inesperada de una página que dejó su huella en mi en algún atardecer feliz o madrugada inquieta.
Son tantos los objetos que nos contienen, que tienen vida propia y a su vez hablan de la que le dimos nosotros mismos un día...
Desde estos ventanales, que tanto os han contado desde hace años ya, observo como va cambiando tímidamente la luz de los días. Es inevitable no hacer una parada desde estos atardeceres morados y naranjas que tanto me han dado. Septiembre se acerca. Sigue deleitándome la sonoridad de esta palabra y la magia que envuelve a este mes del calendario. Cuando llegue estaré de nuevo feliz y con otra luz que acune mis sueños, lejos de todo esto, de lo que me supo desde siempre y me ayudó a ser más libre.
Y así, sin haber llegado aún septiembre descubro otra vez la fugacidad de las cosas y del tiempo, el trasiego de la vida que no es ni más ni menos que una continua sucesión de cambios, de lo que fue y ya no es, de lo que permanece y lo que no queda ni rastro, de las continuas elecciones que hacemos desde que nos levantamos hasta caer la noche; de como forjamos los caminos y de lo relativo que es todo, lo que fue importante o vital un día y hoy dejó de serlo y viceversa.
Esta tarde me lo han dicho una vez más un puñado de cosas con historia.
Mi propia historia.