La primera vez que lo vi tiraba de una caja de cartón a la
que le había amarrado una cuerda interminable, cuyo extremo había hecho una
hendidura en diagonal en su mano izquierda.
Su cara era inconfundible y coleccionaba ya unas cuantas
cicatrices. Las había con formas de eses junto a la ceja o con diminutas aspas
debajo de la nariz, lo cual le confería un aire de futuro canalla nada
despreciable para moverse entre los tipos más sucios del barrio y así un puñado
de heridas más con su historia correspondiente. Por ejemplo, de todas ellas, él
solo recordaba esa primera paleta partida.
Apenas sabía hablar cuando su madre, que parecía muy
enfadada, concentró todas sus miserias en su pierna derecha que mediría unos
ochenta centímetros más o menos, y que a él le pareció la mismísima pierna de
Gulliver cuando la estampó en su cabeza sin saber por qué.
En sus pocos años de peripecias nunca elegidas aprendió que
ese aire de matón le sería imprescindible para sobrevivir y que cualquier
mirada inquietante acompañada de una piedra en la mano podría hacer estremecer
al más fuerte de ese barrio de casas de latón, donde el frío apremiaba en duras
noches de invierno.
Aquella tarde Tito corría con su caja en zigzag por las
calles del pueblo como si el mismísimo diablo le pisara los talones. Eran malos
tiempos para el hambre y en la antesala de una guerra, todos apilaban sus
enseres en despensas desvencijadas que convertían en auténticos bunker
blindados. Alguien, a hurtadillas, arrojó desde una ventana un mendrugo de pan
cuyos bordes formaban una especie de vainica azulona de moho. Aún quedaba un
alma piadosa que prefería cambiar la zahúrda de los puercos por la boca ávida
de Tito tras las rejas.
¡Al menos tendrá algo que llevarse a la boca esta noche!
Pareció pensar para sus adentros la dueña de esa mano furtiva.
Tito cogió con premura su regalo y se sentó a comerlo con
ansia, sin atar como otras veces, su cuerda a la anilla metálica que colgaba de
la fachada donde solían aparcar los mulos de carga tras un día duro de
labranza. Andaba concentrado en juntar las últimas migas de la acera, cuando
alguien tiró con fuerza del cordel y la caja voló por los aires.
Era Miguel, el hijo del herrero, quien desde una esquina
observaba maliciosamente la escena y emitía carcajadas estrepitosas en medio de
las calles de aquel diminuto pueblo de apenas dos mil habitantes.
Con una furia que pareciese acumulada durante siglos, Tito
se levantó y torpemente intentó seguir la dirección de su cuerda, no sin antes
caer de bruces sobre los adoquines y reventar sus labios hasta dejar un reguero
de sangre calle abajo.
—¡Nazi, nazi de miegda!
Era su última adquisición en el reducido vocabulario de
Tito. Probablemente había secuestrado la palabra en cualquiera de los
noticieros radiofónicos que no dejaban de emitir esos días.
Miguel no cesaba en sus risas alborotadas y acabó arrojando
la cuerda huyendo por las callejuelas que hacían perder su pista de forma
audaz.
Recordé que todo lo que sabía de Tito o gran parte de su
historia fue gracias a la memoria de mi abuelo que los domingos por la tarde,
tenía a buen hacer, juntar a todos sus nietos alrededor de la chimenea. Allí,
boquiabiertos atendíamos a las peripecias que con maestría entrañable y buen
humor nos relataba sobre los personajes del lugar.
Desde el principio he de admitir que yo sentí cierta
predilección por Tito.
Más de una vez le vi trepar los árboles a la velocidad del
rayo o su silueta desdibujada al atardecer en lo alto de la colina, junto a la
ermita, arrojando piedras a los tejados de hojalata.
Muchos años después me topé con él una noche de alcohol y
partidas de póker, entre la escarcha del sendero que unía su casa con la mía.
Para entonces, Tito ya hacía tiempo que había dejado en el camino y el olvido
aquél aire amenazante que le hubiera servido para vivir mejor.
Me retiraba con unas copas demás y no sabía dilucidar si lo
que había ante mi era real o producto de la concentración etílica que llevaba
soportando durante horas.
El cuerpo del muchacho que doblaba mi edad se encontraba
encogido en posición fetal al lado del esqueleto de un gato junto a la acequia.
Sus pies estaban descalzos y todo él me pareció un lamento emitiendo un tenue
quejido de dolor indescifrable. Acerqué mi mano a su nariz, a pesar de mi
dudoso equilibrio, para comprobar que aún respiraba. Coloqué su brazo en mi
hombro, hasta arrastrarlo al primer cobertizo más cercano.
Abrió sus ojos tímidamente y guarecido del frío bajo mi
chaqueta de lana, Tito esbozó una mueca vaga y de agradecimiento parecida a una
sonrisa. No era la única vez que el muchacho compartía noches enteras con
animales vivos o muertos, ni para mi, que a partir de entonces, me convertí en
su fiel y protector amigo mientras disfrutaba de mis estancias vacacionales.
Fue justo uno de esos días de aquel verano que tocaba a su
fin cuando echaba unas copas con mis amigos en el bar del pueblo. Había allí
una pequeña radio y sonaba una canción popular que tarareábamos machaconamente
en la universidad. De pronto se interrumpió la canción y una voz anunció casi
de forma gloriosa que la 2ª guerra mundial acababa de estallar.
Un silencioso rumor negro se extendió por instantes en el
bar. De inmediato, todos los que estaban allí salieron en estampida. Tal vez
porque más de uno de los presentes esperaba ese momento para alistarse sin
demora y demostrar su amor patrio.
En medio de ese trasiego y algarabía la puerta del bar se
abrió de forma brusca y como de la nada, apareció la figura de Tito tirando de
su caja de cartón y vociferando a los cuatro vientos:
—¡Nazis, nazis,
nazis de miegda!
Poniendo especial énfasis en la erre gutural de la última
palabra que guardaba todo la impotencia
del mundo.
En su cara brillaba el espanto y de algún rincón de sus
harapos sucios manaba la sangre a borbotones.
Cayó sobre mi mesa con un golpe seco y buscó mis ojos con
clemencia casi sin saberlo.
Y entonces pedí otra ronda para celebrar que al fin la
guerra de Tito había terminado.
Imagen tomada de Deviantart.com
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